Estofado.



Hace un montón que no agarraba el papel digital. Me daba miedo encontrarme con la posible situación de descompostura textual y entender de una vez que mi lenguaje había decaído y estaba más gorda (hagamos bien y metamos todo en la misma bolsa a ese autoestima podrido). Empezando a escribir cosas como este pedante principio adolescente y grasiento. No escribo cuando ando feliz, es un hecho y eso me deprime, así que no tiene sentido estar feliz si no puedo andar triste, tirando palabritas descomunales y sorprendentes para mi genio poco lustrado en mis días jubilosos (me encanta esa palabra, aprendí su significado hace un tiempo por una amiga y me hace pensar en un almohadón de plumas color azul, un almohadón para poder asfixiar los señores de traje gris y sombrero roñoso que vienen cada muerte de carnicero a sentarse en la punta de la cama y mirarme los pies cuando tengo las uñas pintadas de rojo, Rubén…se llamaba el más petiso, Rubén de Artillo, un licenciado en medias peruanas, “no te compres las que tiene rayitas horizontales , esas producen cáncer de cuchara”, le poníamos una mantita a Rubén los miércoles, se quedaba hasta tarde a esperarlo al otro, Casimiro Tessio, entonces le daba frio en las piernas en los inviernos más azules o lo invitábamos a sacarse los zapatos en el verano. Rubén y Casimiro me miraban las uñas toda la noche hasta que llegaba la polución volcánica y se iban al sur a filmar a los pingüinos, “tenemos uno preferido nena” me contaban, “le decimos pastillita de carbón y se pega unos saltitos de morondanga que ni te imaginas”, hasta ahora ninguno de los dos me provocaron esas ganas de querer asfixiarlos, pero si me pusieran un dedo en las sábanas te juro que saco ese almohadón de plumas y los dejo sin aliento con un altísimo exceso de la falta de piedad y los dedos temblando)


Vésurri.

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